Una vida nueva para la espiritualidad: a la renovación por la oración

cruz-de-taizc3a9

Te planeamos este articulo de Pablo d’Ors, fundador de Amigos del Desierto, que me ha hecho llegar un hermano de Comunidad y que me parece interesante. Solo quiero aclarar que nosotros entendemos Iglesia como Comunidad de Bautizados y no como una confesión ni tradición concreta. Obviamente d´Ors es católico romano y que plantea Iglesia como institución pero creo que se puede leer igual desde el punto de vista de Iglesia como Comunidad y cuerpo formado por todos los bautizados vengan de la tradición que vengan. Aclarado esto disfruta de la lectura:

La necesidad primordial de la comunidad cristiana es hoy la renovación en el Espíritu que propicia la oración. Sin oración, o con una oración tibia, la Iglesia no puede dar a nuestros contemporáneos lo que ellos esperan y necesitan. Eso que debemos dar no es otra cosa que el Espíritu, pero para darlo hay que tenerlo, y para tenerlo hay que permitir que Él vaya entrando poco a poco en nuestro ser, que no otra cosa es la oración. Todo esto es obvio, elemental, pero muy urgente.

Los esfuerzos que la Iglesia está invirtiendo en el pensamiento (la catequesis, la teología…) o en la acción (el anuncio, la acción social…) no son en absoluto comparables a los que invierte en el desarrollo de la vida interior, que a mi modo de ver, en la mayoría de los cristianos, está subdesarrollada.

Los monasterios son, o deberían ser, –a mi modo de ver– el corazón orante de la Iglesia. Muy bien podrían convertirse por ello en auténticas escuelas de formación para la vida interior, tanto del pueblo de Dios, cada vez más hambriento de interioridad –y este es para mí uno de los signos de los tiempos más claros– como de los así llamados buscadores espirituales, personas alejadas de la confesión y práctica cristianas y que, sin embargo, han oído la llamada del Espíritu e intentan responder a ella sin por ello acceder a ser encuadrados en un determinado régimen de organización eclesial, que casi siempre consideran trasnochado. Estas “nuevas escuelas monásticas” podrían constituir la principal plataforma para una nueva primavera eclesial.

Para que esto sea posible, urge deslindar la vida monástica de la contemplativa, unión que ha comportado una consecuencia nefasta: la de creer que los únicos que estaban llamados a la contemplación eran quienes se retiraban del mundo. Desde esta visión simplista, a la vida monástica y religiosa tocaba la contemplación, y a la seglar o laical, la acción: Marta y María claramente diferenciadas. No parece que esto pueda sostenerse hoy. Todos estamos llamados a contemplar. La contemplación no es el privilegio de unos pocos. La contemplación es una necesidad de todos, un regalo sin el cual la vida activa es solo frenesí o, en el mejor de los casos, humanismo ético y buena voluntad.

Hacia la unificación personal

El monje nunca debería definirse esencialmente por su apartamiento del mundo, sino por ser una persona unificada (como indica la etimología de la palabra monje, del griego monos, el uno). El principal desafío del monje no es, pues, necesariamente, la fuga mundi, sino la unificación personal. Tras esta propuesta late la intuición de Raimon Panikkar, quien en su Elogio de la sencillez habla precisamente de la universalidad del arquetipo monástico. Dentro de todo hombre y de toda mujer habita un monje, un solitario. Y todos estamos llamados a, en distintas configuraciones históricas, tender a esa unificación.

El camino para esta vida contemplativa desde el arquetipo monástico es el silencio, el silenciamiento cabría decir mejor, de modo que se ponga de manifiesto que se trata de algo fundamentalmente interior: la aventura del desprendimiento y la experiencia del ser. Lo que quiero proponer aquí es la instauración en nuestras comunidades eclesiales, monásticas o no, de la vía meditativa, que es la que favorece este silenciamiento más explícitamente. Esto no excluye, ciertamente, continuar con la vía litúrgica, la devocional, la caritativa u otras tantas, si bien debería otorgarse a la meditación cierta prevalencia. Por ser inmediata, esto es, sin la mediación de ritos, plegarias, actividades u otros medios, el silencio propicia un acceso al Misterio más directo.

Un cristiano es aquel que ha escuchado la llamada a estar en Dios, no solo en sus cosas. Urge una simplificación de nuestras vidas, dado que no es factible estar en Dios y, al tiempo, en otras muchas cosas. La espiritualidad es esencialmente silencio, esto es lo que conviene subrayar en estos tiempos. Dios es esencialmente el silencio… en el que resuenan todas las cosas. Todas las celebraciones litúrgicas, planes educativos, programas pastorales, catequesis de niños y catecumenados de adultos, cursos de teología y casi podríamos alargar la lista de las acciones eclesiales infinitamente, todo eso se despliega para llegar a Dios, al silencio de Dios; pero, si no acaba de llegarse a Él –es solo una pregunta–, ¿no parece más sensato ir directamente al silencio de Dios para ver si desde ahí Él nos conduce a todas esas actividades en las que la Iglesia, al parecer, tanto se afana?

Mi principal reproche a la Iglesia de hoy, que formulo no sin tristeza, es que son muchos, muchísimos, los que están en las cosas de Dios, pero pocos, poquísimos, los que están en Dios, lo que no es en absoluto lo mismo. Un cristiano es aquel que ha escuchado la llamada a estar en Dios, no solo en sus cosas. Para que esto sea más que una idea bonita, urge una simplificación de nuestras vidas, dado que no es factible estar en Dios y, al tiempo, en otras muchas cosas.

La vida espiritual es necesariamente sencilla. Solo lo sencillo es realmente de Dios. Quien vive unificadamente, esto es, como un monje, vive sencillamente. La profecía monástica (que resuena especialmente en nuestros tiempos, si bien desde una clave secular) es, definitivamente, la de la sencillez.

El verdadero motor de la Iglesia

Poner en práctica todo esto comportará cierta desestabilización de estructuras creadas y, sobre todo, un gran replanteamiento teológico. El único modo para que empiece realmente a desplegarse este camino es empezar a transitarlo. Ora si quieres que la oración sea el verdadero motor de la Iglesia. Ora si quieres que no sea la teología, la jerarquía, la tradición y tradiciones los que guíen nuestra hermosa y atribulada barca. El pensamiento, el magisterio, la Biblia, las instituciones…, todo eso tiene desde luego su lugar, pero solo si quienes piensan y escriben teología, si quienes leen y escuchan las Escrituras, si quienes rigen los destinos de las comunidades y sustentan estructuras pastorales están alimentados por el Espíritu, nuestro verdadero Guía.

Y para que esto sea posible, hay que dedicarle tiempo, la mayor y mejor parte de nuestro tiempo. Y hay que aprender a callar y a escuchar. Y a olvidarnos de nosotros mismos.

El principal obstáculo teórico a esta tesis es la preeminencia que la Iglesia católica –quizá las Iglesias cristianas en general– ha dado a la Palabra sobre el Silencio. Hemos leído y dado por bueno que los monoteísmos son religiones proféticas –de la Palabra– y las tradiciones espirituales del Extremo Oriente, religiones místicas, del silencio. Pero la verdadera profecía es hoy, en el cristianismo –y esta es mi hipótesis–, la mística.

Sueño con un cristianismo que viva y hable de un Cristo patrimonio universal de la humanidad, no propiedad privada de los bautizados. Sueño con una Iglesia incluyente, no excluyente ni exclusiva.

Sostengo que hoy conviene empezar a trabajar pastoralmente desde el silencio, puesto que hacerlo desde la Palabra es, incluso, contraproducente, dado que en muchos contextos provoca rechazo y mayor desafección. Estamos en la hora del Espíritu, en la hora del silencio. No tanto en la del logos o la Palabra; de ahí el anti-intelectualismo reinante en nuestra sociedad, que tiende a desconfiar de todo lo teórico. Cansados de palabras que han degenerado en palabrería, el mundo pide a gritos silencio. Y nosotros, los cristianos y cristianas de nuestro tiempo, somos los llamados a dárselo.

Sueño con un cristianismo que viva y hable de un Cristo patrimonio universal de la humanidad, no propiedad privada de los bautizados. Sueño con una Iglesia incluyente, no excluyente ni exclusiva. Y sueño –más aún, sé– que este camino que acabo de testimoniar aquí será el que recorra el cristianismo en el milenio que acabamos de inaugurar. Antes o después, de una forma o de otra, la Iglesia, o al menos su vanguardia, se abrirá a la experiencia de la meditación y descubrirá la belleza y el inconcebible poder del silencio, que no es sino uno de los más dulces nombres de la unidad.

Publicado en el nº 3.000 de Vida Nueva.
NOTICIAS Y COMUNICACIONES Nº146
(8 de agosto de 2016)
Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld

Un comentario en “Una vida nueva para la espiritualidad: a la renovación por la oración

  1. No creo que la vida monástica “deba deslindarse” de la vida contemplativa para que los monasterios sean “nuevas escuelas monásticas”, sino hacer hincapié en la buena formación de toda la comunidad eclesial (donde incluyo clero y religiosos) y de todas las personas que lo pidan, creyentes o no. Formación que incluye o busca por supuesto una “experiencia de fe”. Y viceversa.

    “La contemplación no es privilegio de unos pocos”, dice el autor, porque, como añade, “es una necesidad, un regalo…”. Tal “regalo” desdice la primera frase o afirmación…porque siendo un don la contemplación, nunca puede ser un privilegio ni de unos pocos ni de nadie.

    Parece por otro lado dar por supuesto que los monjes se definen por “su apartamiento del mundo”…cuando no dejan de expresar que, aun en soledad, se hayan unidos a todos…, por lo que tal “apartamiento” debe matizarse…Es el Espíritu quien define la vocación de cada persona…y no al revés…
    “El principal desafío del monje no es, pues, necesariamente, la fuga mundi, sino la unificación personal”. Tal desafío en sí lo puede ser del monje budista…pero no del monje o la monja cristiana…o de cualquier persona que se sienta llamada a vivir su vocación contemplativa en soledad física, al modo eremítico o cuasi eremítico. Creo que el autor olvida de nuevo que seguimos a Alguien…con el deseo de unirnos a Él (o de que Él lo haga en nosotros)…Esa es la “llamada” real…No extraña que el “latido” lo busque el autor en Raimon Panikkar (al que aprecio, dicho sea de paso)…y no tanto en el Evangelio, cuyo rostro está en Jesús de Nazaret, el Cristo.

    “Silenciamiento”…más que silencio, dice…, y favorecido claro, con la meditación. Efectivamente, pues bajo su punto de vista ascético, que no místico (y más parecido a la ascesis budista), es la persona la que posibilita todo…bajo ese “método” propuesto de la meditación, y como condición casi indispensable. Meditación que no es lo mismo que “oración”. Repito: no es lo mismo. Es la oración y no la meditación la que “debería otorgarse…” no “cierta prevalencia”…sino toda, pues es la base, el “humus” de todo…Sin conocer a Jesús, a nuestro Señor, sin “tener roce” con Él…, sin cogerle cariño, sin dejarse impactar por los afectos con Él y por Él, todo hace aguas…

    La persona, bajo el punto de vista del articulo, es sujeto activo…, pero en la mística cristiana no funciona así. Muchos son los místicos y místicas cristianas que hablan de un “dejarse hacer”…de una manera que parece “pasiva”…porque la iniciativa es siempre de Dios y es Él quien lleva…, por muy nerviosos que eso nos ponga muchas veces…porque generalmente deseamos llevar el “control”…Es el “deseo” fuerte de Dios, de ponerse amorosamente en Sus manos, la “actividad” que Él nos pide. Es nuestra “determinada determinación”…Es desde nuestro “sí” incondicional, nuestro “hágase”…ante Su pregunta, como Él nos “desprende”, nos introduce y conduce hacia esa “aventura” amorosa única…, acompañándola. No es una “experiencia del ser”…sino una experiencia de amor sin igual que nos hace “ser”, lo que estamos llamados y llamadas a “ser”…y somos ya en nuestro corazón: hijos e hijas de Dios llamados y llamadas a vivirlo en plenitud con Él.

    “La espiritualidad cristiana es esencialmente silencio…”. No sé a qué espiritualidad se refiere el autor, porque la Espiritualidad cristiana no se define por el silencio sino por “estar con el Señor”…a todas todas…Por eso llamó a sus discípulos…, para “estar con Él”…, para vivir bajo Su Espíritu…, bajo el Espíritu. El silencio ya lo procura Dios…cuando lo quiere…en cualquier momento y lugar…, y vamos a ese silencio…cuando se nos llama…, y nos inunda cuando es preciso…, sea a solas entre la naturaleza o en el hogar, sea en medio de un atasco de carretera…o en el mercado…Existe el riesgo de hacer que el silencio ocupe el lugar del Dios…, endiosándolo…, y “demonizando” de paso casi la Palabra…, asociándola aquí a un “logos” intelectualista…Cuán lejos está eso de lo que el Evangelio de San Juan nos dice…: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Por ella se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1. 1-4).
    “Todo puede surgir de una armonía conjunta y explicativa…La Creación comienza por medio de la Palabra irrumpiendo en el silencio, con un decidido ¡Hágase!, armonizando el caos primordial”, decía en una excelente entrada de blog, una monja carmelita descalza contando su experiencia, y que animo a conocer…, claro está si no hay el inconveniente (ni el pre-juicio) de que sea una monja contemplativa quien la exponga (https://aventurarlavida.wordpress.com/2016/05/12/una-experiencia-personal-de-silencio/). Muchas más experiencias hay en este sentido en todos los ámbitos cristianos…pero o no se escriben o son poco conocidas, o eso parece.

    Esa “Palabra” fue el “modelo” que Dios usó (su Hijo) para crear todo lo que existe…y recrearlo…Nuestro Abbá se miró en su Hijo para crearnos…”a su imagen y semejanza”. Por eso “todo estaba muy bien” o “todo era bueno”…(Gn 1.31)
    El silencio por tanto es un medio, no un ideal…Es bueno no confundir…La tradición espiritual Mística y Profética van de la mano…y de la mano del Señor…, que es la mejor…Pareciera que, dentro de esa retórica del autor, estableciese una relación dialéctica al estilo Hegeliano entre Silencio y Palabra…, como si fueran una la tesis y otra la antítesis…(y encajadas más bien por tanto en el marco de una reflexión de “ideas”, intelectual); dialéctica que supera la negación u oposición con la “síntesis”…, en este caso, a través de la meditación como propuesta de d’Ors…
    Sin embargo es otro el ámbito donde Mística y Profecía se expresaron y expresan: el de la narrativa (bíblica y experiencial) y los afectos (relación personal amorosa con Dios)…No hay tal oposición, …porque una va a la otra y ambas están en un diálogo no dialéctico, permanente entre sí, siendo una misma realidad en Dios. Hablar de “mística” haciendo una dicotomía entre Palabra y Silencio (sobre todo cuando “la Palabra” refiere a Alguien con nombre y rostro), creo que hace un flaco favor a la verdadera mística cristiana…No comparto por tanto esta “hipótesis” del autor…que, por otro lado, creo que contribuye a alejar más entre sí a las distintas tradiciones espirituales, encumbrando a las orientales (hoy de moda, ignorando lo propio) a costa de la tradición vivida en otras latitudes como la nuestra occidental…Bueno es “echarlas a dialogar” y no “a pelear” (o a matarse más bien)…, sobre todo cuando comparten tanto, aun dentro de sus diferencias, que no son sino expresión de una misma riqueza…
    …”Alimentarse del Espíritu” no es cuestión de tiempo…sino de ganas, de deseo interior por Dios y sus cosas…, por conocer y cumplir Su deseo, Su voluntad para nosotros aquí y ahora…y dejarse llevar del Espíritu. Cogidos por el buen deseo, es Él quien nos alimenta y nutre…a su tiempo y modo…

    Comparto con el autor la tristeza de ver que “son muchos… los que están en las cosas de Dios, pero pocos…los que están en Dios”, y que no es lo mismo una cosa que la otra…Y tristeza porque una misma pueda estar en demasiadas ocasiones entre los segundos…pues grandes son las limitaciones y debilidades…que dejo a la misericordia de Dios. No sé dónde se incluirá el autor…Sin embargo, si son pocos los que están “en Dios”, consuela saber que Él está en todos…, en los muchos y en los pocos…, y que estos “pocos” son Sus predilectos…pues son los más necesitados de Él…(aunque no lo sepan), y a ellos viene sobre todo, como el mejor de los médicos, como el mejor Médico…Tiene que entristecerle a Él sobre todo, esa situación…Y, si lo amamos…¿no buscaremos Su alegría como busca Él la nuestra? Si así lo deseamos, si estamos dispuestos a dar a Dios un cheque en blanco…y sin reclamaciones, Dios simplificará nuestra vida (no nosotros)…, nos despojará, nos desnudará de todo lo que nos aleja de Él y de la felicidad que nos propone y desea para nosotros. Cada día tiene esa posibilidad…¿Nos fiamos?…

    Gracias

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .