Domingo IV de Adviento

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Dichosa tú porque has creído
Lc 1, 39-45

Aquí estoy para rezarte. Medio avergonzado,
pero aquí estoy.
Mi fe es pequeña y frágil.
estoy entretenido con mi orgullo
y me cuesta dejar de lado mi modo de ver las cosas.
Me gusta más oír el eco de mi voz,
que escuchar tu Palabra.
Me agrada más aferrarme a la coas
y a las personas, que entregar mi vida.
Acabo de darme cuenta de que la Navidad
solo se hace realidad en mí,
si creo como María de Nazaret.

Feliz domingo

IV Domingo de Adviento

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¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Lc 1, 39-45

Cada domingo de Adviento es inevitable vivirlo con María, vivirlo cerca de la Madre que está sintiendo crecer en su seno a Aquél a quien el ángel le anunció que concebiría de forma extraordinaria. Cada domingo de Adviento es un regalo pasarlo junto a María…, para miles de hombres y mujeres que verán el ella el triunfo de la promesa de Dios realizado en la sencillez, la entrega y la fe.

Feliz domingo

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO C

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¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

(Lc 1, 39-45)

En esta era de las terapias llama la atención que todavía no se hayan “re-inventado” la de bendecir, y le hayan puesto un nombre en inglés. Aunque tal vez sí la han inventado y todavía no la conocemos… Sea como sea, el arte de bendecir da para muchos cursos, talleres y libros. Además, sus buenos efectos para la salud son constatables desde el principio.

Pero antes de seguir con la bendición echemos un vistazo al evangelio que nos regala este último domingo de adviento. Es un texto muy conocido, nos lo sabemos prácticamente de memoria: la visita de María a su prima Isabel.

María, la mujer bendita de Nazaret, cuando recibe el encargo de ser la madre del Hijo de Dios, con una mezcla de asombro, temor y alegría, lo primero que hace es ponerse en camino, irse a compartir su experiencia con quien sabe que vive algo parecido.

María e Isabel son las dos grandes protagonistas del adviento. Las dos, rodeadas de fragilidad, una por su vejez y la otra por su juventud, no solo esperan, sino que sostienen la espera y hacen realidad la promesa.

Ayer leía en un misal de 1996 un pequeño comentario a lo que es el adviento. Hablaba de tres personajes protagonistas del adviento: el pueblo, Isaías y Juan Bautista. El autor de dicho comentario olvidó por completo a las grandes estrellas: María e Isabel.

Isabel, que con sus años ha aprendido el hermoso arte de bendecir, es lo primero que hace cuando oye llegar a María: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
El encuentro entre estas dos mujeres nos invita a bendecir, a ponerle voz y palabra a todo lo bueno que descubrimos. No nos engañemos pensando que el encuentro entre María e Isabel tenía solo cosas buenas, las palabras de Isabel podrían haber sido muy diferentes, algo así como: “¡Menudo lío en el que te has metido, María! ¿Cómo vamos a explicarle a la familia, al pueblo y a José que estás embarazada cuando ni siquiera estás casada?”

Lo de bendecir no es solo, ni principalmente, para los momentos idílicos, es más como la medicina que nos ayuda a descubrir el lado luminoso de la realidad. Quien bendice hace eso: señala la luz, lo bueno, y de ella recibe la fuerza y la claridad.

Oración
¡Bendecid! sí, tomando como modelo a Isabel ejercitemos el arte de bendecir.

¡Bendecid! y nuestra vida se llenará de bendición.

¡Bendecid! y la luz le seguirá ganando terreno a las tinieblas.

Fuente: Monjas Trinitarias del monasterio de Suesa