Domingo VI del Tiempo Ordinario

1.-6-TO
Bienaventurados los pobres. Ay de vosotros, los ricos
Lc 6, 17-26

Ahora, Señor, voy a cerrar mis parpados; mis ojos ya han cumplido hoy su oficio.
Mi mirada ya regresa a mi ama, tras haberse pasado durante todo el día por el jardín de la humanidad.
Gracias, Señor, por mis ojos, ventanales abiertos sobre el mundo.
Yo te pido en la noche, que mañana, cuando abra mis ojos al claro amanecer, sigan dispuestos a servirte.
Haz que mi mirada sea siempre recta, que nunca sea una mirada decepcionada, desilusionada, sin esperanza, sino que sepa admirar, extasiarse, contemplar.
Da a mis ojos el saber cerrarse para hallarte mejor, pero que no se aparten del mundo por tenerle miedo.

Michael Quoist, 1918-1997

Feliz domingo

VI Domingo del Tiempo Ordinario

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Bienaventurados lo pobres.
Ay de vosotros, los ricos
Lc 6, 17-26

El amor y la misericordia de Dios son para todos los hombres y mujeres. Precisamente por eso se manifiesta, en primer lugar, a aquellos que no tienen nada, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo. A ellos se dirige preferentemente el amor Dios. A ellos les tenemos que amar preferentemente los cristianos porque son los “bienaventurados” de Dios. Porque son nuestros hermanos pobres y abandonados. Nosotros confiamos en que en el reino nos encontraremos todos, ellos y nosotros, compartiendo la mesa de la “bienaventuranza”.

Feliz domingo

Sábado V del Tiempo Ordinario

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La gente comió hasta quedar saciada
Mc 8, 1-10

La multiplicación de los panes que narra Marcos es la aparición de un mundo nuevo. Se sacia el hambre material y tiene lugar también un acontecimiento de comunión humana y una anticipada celebración eucarística; el evangelista narra la acción de Jesús con las mismas palabras de la Última Cena. El grupo es numeroso, y el milagro sucede fuera de Palestina, en tierra pagana. Los seguidores de Jesús se juntan con muchos extraños: “los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abrahán” (Sal 47, 9). Ya no hay hambre, ya no hay disensión, ya no existe el extranjero. Cuando abrimos a los demás el corazón y la capaza, Jesús actúa, y se anticipa “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21, 1), el objeto de nuestra esperanza.

Viernes V del Tiempo Ordinario

Jesus cura sordo

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
Mc 7, 31-37

Haz, Señor, que te sueñe y te conozca, como tú me conoces y me sueñas; ilumina las sombras de mi noche lléname con la luz de tu presencia.
Quiero gustar la paz de tu semblante, de tus ojos piadosos y serenos, enlazado en la dicha y en el gozo encendido en la llama de tu fuego.
Me quedaré contigo en lo escondido y escucharé la voz de tu silencio, esa Palabra eterna pronunciada por el Padre en la tierra y en el cielo.
Y sentado a la mesa de los hijos, en el banquete del amor fraterno, beberé el cáliz puro de tu gracia, en comunión de vida y sacramento.

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Miércoles V del Tiempo Ordinario

mal cor

Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre
Mc 7, 14-23

Si algo fustigó Jesús fueron las exterioridades que no iban acompañadas de la correcta actitud interior; ¿qué sentido tienen purificaciones externas, “lavarse las manos”, cuando lo que está sucio es el corazón? Hagamos hoy nuestro el conocido cántico: “Danos, Señor, un corazón nuevo; derrama en nosotros un espíritu nuevo”.

Domingo V del Tiempo Ordinario

5-TOC-ev
Dejándolo todo, lo siguieron
Lc 5, 1-11

No me dejes dormir tranquilo
soñando en mi felicidad
y olvidándome de la ajena,
como si mi vida valiera más
que la vida de un pobre,
de un anciano o de un moribundo.
No toleres, Dios mío,
que mi alma llegue a ser tan raquítica
que solo quepa en ella
la pregunta de Caín:
¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?

Ángel Sanz Arribas

Feliz domingo