Sábado Santo de la sepultura del Señor

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José lo tomó, lo envolvió en una sabana de lino limpia, y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había excavado en la roca.
Mt 27, 59-60a

Todo esta en silencio, Señor, hemos matado a Jesús y nos duele. Desde el arrepentimiento y el dolor, te pedimos que nos saques del abismo de la muerte y que rechacemos todas las obras que la provocan para que podamos resucitar con Cristo.

Jueves Santo en la Cena del Señor

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Los amó hasta el extremo.
Jn 13, 1-15

La lógica que hay detrás del misterio del amor humano no es la del ejemplo o la imitación. No se trata de intentar parecerse a Cristo en su mucho amor, sino de consentir que Él sitúe nuestros afectos en el plano de su propia entrega. En una palabra: tomar su pan y su cáliz y su toalla ha de transformarnos, de su suerte que en las venas de nuestro amor humano corra la sangre de su amor divino. Esa es la lógica del que ha ofrecido su sangre para que la nuestra vuelva a fluir. Fue la sangre de un cordero lo que salvó a los israelitas, mostrándoles que podían ser un solo rebaño en brazos del Buen Pastor. Ahora es la sangre del Pastor, que se hace cordero, la que nos salva. Ya no hay que temer que alguna oveja se pierda: todas pueden amarse y servirse con la fuerza del Cordero de Dios.

Dejemos hoy que el amor del hombre llegue hasta nosotros en todo su misterio, que Cristo nos diga a cada uno: «Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo». Y al ver cómo vuelca la jofaina, ¿entraremos en la corriente viva de su pascua fraterna?